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El pasado sábado día 11 de noviembre la Catedral Magistral de Alcalá de Henares acogió la segunda cita del X Festival Internacional de Órgano.

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En el programa, los intérpretes, Ksenia Pogorelaya -órgano- y Rail Sadykov -Acordeón o Bayan-,  pusieron en liza el difícil reto de equilibrar dos instrumentos y dos universos sonoros tan diferentes como sugerentes: El órgano y el Bayan (Instrumento ruso similar al acordeón).  Fuelles y equilibrios.
/crónica de Rodrigo Alonso Moreno Musicógrafo I.E.S. Cardenal Cisneros/
No era un concierto fácil de hilar en un Festival Internacional de Órgano como en alcalaíno, con un recorrido importante y un prestigio elocuente. Programar de acuerdo con una identidad y un perfil tan definidos como los de este evento, requiere asumir riesgos para seguir avanzando. Los organizadores del Festival han arriesgado de forma clara con un concierto que llevaba como título: Canciones clásicas y populares, y a juzgar por la reacción del numeroso público que se dio cita en la Magistral, ha obtenido un respaldo claro.

El concierto comenzó con gran puntualidad tanto en tiempo como en forma, pues la directora del festival incidió en el hecho de que no sonaría un acordeón, sino un Bayan, instrumento de ascendente ruso preferentemente desarrollado para la música popular. Se abrían con ello varias líneas de inusitado interés, como la incógnita de cómo iban a empastar estos dos instrumentos de fuelle –si el órgano taparía al Bayan o lograrían equilibrarse en un acústica tan particular como la del templo mayor–, y, por supuesto, cómo iba a reaccionar un público avezado a grandes fugas y batallas con la música popular de Bielorrusia. Muchos frentes abiertos que añadían interés por asistir a un concierto distinto en el ya de por sí escaso panorama musical de nuestra localidad. Las cámaras digitales de alta resolución nos permitieron sumergirnos en los detalles que se desgranaron de este elogio de fuelles y equilibrios servidos de forma perfecta por sus intérpretes Ksenia Pogorelaya y Rail Sadykov.

El concierto presentaba tres secciones bien definidas. La inicial venía marcada por la música de repertorio, que el famoso Oblivion de Piazzolla condujo hacia los terrenos de la música popular con un breve y brillante inciso en forma de Toccata (1951) del danés Einar Tr. Sack. Las tres primeras obras, pertenecientes al clasicismo, profundizaban sobre las grandes formas organísticas, mientras que el Cuarteto y fuga de Kellner introdujo al Bayán frente al órgano. Conviene enfatizar que los registros del órgano resultaron perfectamente empastados con el Bayan y no ocultaba la belleza del sonido de sendos instrumentos. El Bayan de Rail Sadykov se desplegó ante el difícil reto de sustituir a un segundo órgano logrando establecer un diálogo profundo y compensado con los registros expuestos por la organista.

El paso al universo popular nos introdujo de lleno en un océano de emociones contenidas cuando el Bayan quedó solo frente al público al servicio del vals Luz y sombra de Pizzigoni. Sorprendió gratamente la presencia de la música popular bielorrusa y rusa en el concierto. En la canción rusa Salgo solo en el camino, los cambios de los registros generaron un color diferente, logrando con ello el tan difícil equilibrio entre la gran estructura formal y la sencillez de la melodía susurrada. Los arreglos de las canciones para Bayan y órgano fueron muy buenos lo que se implementó con una gran paleta de colores desde los teclados del Blancafort por parte de Ksenia Pogorelaya.

La tercera sección del concierto nos llevó de regreso al gran sonido del órgano tardorromántico. Probablemente el momento cumbre de la noche fue el paseo por el Rin propuesto por el celebrado Louis Vierne. Nuevamente es de agradecer el acierto del festival al acercarnos la obra del compositor francés que aún hoy en día es difícil de escuchar en vivo por la enorme exigencia técnica que requiere. La mejor noticia es que continuaremos disfrutando de la música del compositor de Poitiers en el resto de conciertos del festival. Tras un discreto paso por la obra del croata Andelko Klobučar, fueron los aires españoles románticos reinventados por Moszkowski los que llevaron al final de este concierto en el que los fuelles fueron capaces de lograr el milagro del equilibrio entre lo popular y los lenguajes históricos.

El público siguió con gran interés cada recoveco del concierto y respaldó con un aplauso inequívoco lo arriesgado de la propuesta y lo acertado del resultado.

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